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Rafael Sanchís lleva más de 20 años trabajando en Comercio Justo en Oxfam Intermón. Fue uno de sus precursores. En esta entrevista nos cuenta cómo ve la situación del Comercio Justo en la actualidad y su evolución durante todos estos años.

Fuiste uno de los precursores del Comercio Justo en Oxfam Intermón, ¿es así?

Efectivamente, en la primavera de 1994 me incorporé a Oxfam Intermón para comenzar nuestra actividad de Comercio Justo. Con más ilusión y ganas que conocimientos profundos sobre el tema y con un equipo muy pequeño pero muy motivado. Pienso que sí, que soy de los primeros en España y quizás junto con Antonio Baile de los pocos que seguimos activos profesionalmente. Incombustible a los problemas y con la misma ilusión que el primer día.

¿Cómo fueron los inicios del Comercio Justo en Oxfam? ¿Cómo eran las tiendas?

A veces pienso que nuestras tiendas eran casi museos. Vendíamos sobre todo productos muy étnicos, casi piezas de arte, muy caras, de colección. Fuimos poco a poco “democratizando” el Comercio Justo y haciéndolo accesible a una gran clase media. Eso fue un logro. Y, después, vender alimentación fue una gran decisión para hacer del Comercio Justo algo cotidiano, del día a día.

¿Han cambiado mucho las tiendas de Comercio Justo de Oxfam desde sus orígenes?

Renovarse o morir. Las tiendas de Comercio Justo son difíciles de gestionar económicamente. Y esto es una constante en toda Europa, así que hemos probado y seguiremos probando fórmulas para que estas tiendas sean sostenibles. ¿Por qué tanto esfuerzo? ¡Porque merece la pena!

A mí me sigue emocionando que un grupo de personas voluntarias –ese es nuestro modelo- abra cada día la tienda en su ciudad como un gesto de rebeldía ante el sistema: la gratuidad del voluntariado se une a la equidad del modelo de Comercio Justo como un “bofetón” pacífico al sistema.

Hace dos semanas escuchaba en Consum, frente a nuestro café, cómo un chaval discutía con su madre si los demás eran justos o injustos. Y esto no lo podemos perder. Estar ahí, en las tiendas y en los supermercados es un cuestionamiento general a la sociedad sobre los modelos que apoyamos con nuestros actos de consumo. Solo por eso ya ha merecido la pena.

Este año, el movimiento del Comercio Justo cumple su 30 aniversario en España, ¿cómo valoras la evolución del Comercio Justo en estos 30 años?, ¿qué lugar te gustaría que ocupara dentro de otros 30 años?

Mirar atrás me da mucha alegría. Cuando empezábamos nadie sabía qué era eso del Comercio Justo, y hoy en día una buena porción de la sociedad lo entiende razonablemente bien.

Creo que fuimos los pioneros en hablar de ética y justicia en las relaciones comerciales y hoy, afortunadamente, muchas otras iniciativas nos han seguido.

Ahora bien, debemos reconocer que el impacto real de nuestras propuestas es aún pequeño. Debemos reconocer que hay algo que aún no hacemos bien del todo. Y eso me sigue estimulando a darle vueltas en la cabeza y a intentar e intentar. No me canso. A pesar de los años, me siento soñador, utópico y me imagino que los pequeños productores, especialmente las mujeres, tienen un acceso a nuestro mercado mucho mayor, que han desarrollado en paralelo sus mercados locales y son mucho más independientes.

Veo el Comercio Justo como algo natural, lógico, implantado en todos los comercios grandes y pequeños. Un día lo vamos a conseguir. Pero últimamente pienso que corremos el riesgo real de que el Comercio Justo se vea como algo pasado de moda, “viejuno”, y eso no lo podemos aceptar. Tenemos que reinventarnos y, manteniendo la esencia y los valores de siempre, recuperar un espacio de referencia en el centro del consumo responsable y ético.

Quizás hemos visto poca innovación en los últimos diez años y eso tiene que cambiar, y en 30 años más habrá un titular en la prensa: “la policía detiene a un grupo de delincuentes que se dedicaban a importar café: al analizarlo se comprobó que no era de comercio justo”. ¡A por ello!